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El masajista

Llevaba una vida demasiado normal en aquellos días. Me había casado siendo muy joven con un muchacho de mi barrio que era de buena familia con lo que mis padres ni se pensaron que su hija recibiese una formación en vez de casarse.

La vida fue avanzando y mi marido únicamente tenía tiempo para dedicarse a sus negocios. Tuvimos dos hijos que crecieron en un mundo de lujos y que nunca nos tuvieron muy en cuenta a la hora de hacer su vida. Así que en aquellos momentos yo me encontraba sola esperando a que por la noche llegase mi marido para hablar un rato con alguien.

El cariño que él no me daba, me lo recompensaba con caprichos y dinero. Así que a mis 49 años me encontraba físicamente muy bien ya que había pasado varias veces por el quirófano para ponerme silicona en los pechos y en los labios. Como no tenía nada que hacer me dedicaba a matarme en los gimnasios y a cuidar mi piel como si de un tesoro se tratase. Siempre estaba perfecta, bien peinada, bien vestida y muy guapa. Pero a pesar de que por fuera estaba hecha una preciosidad, por dentro me sentía sola y triste; algo que fue haciendo mella en mi organismo ocasionándome algún que otro ataque de ansiedad ya que cuando llegaba a casa y sentía la soledad no podía soportar la situación.

Cuando fui al médico me recomendó que me diese masajes para evitar que mi cuerpo cayese en esa tensión tan fuerte; así que cuando se lo comunique a mi marido me soltó un buen fajo de billetes para que fuese al masajista y le dejase en paz con mis problemas.

Por otra parte, mis hijos me decía que siempre me estaba quejando y que no tenía nada grave porque era imposible que tuviese ansiedad ya que no desarrollaba ninguna actividad laboral. Aquellos comentarios despectivos cada día me hacían más daño.

Empecé a ir al masajista; yo no quería que mis amigas del gimnasio me recomendasen un lugar así que abrí la guía de teléfonos y llamé al primero que vi. Cuando llegué a la consulta me di cuenta que aquel lugar era sencillo pero acogedor. Era una casa particular y un chico de unos 30 años fue el que me abrió la puerta explicándome que aquello era una consulta privada que acababa de empezar y que todavía no tenía secretaria ya que tampoco había conseguido mucha clientela. El chico me pareció muy agradable a primera vista. Era muy interesante. Tenía unos ojos verdes tras sus pequeñas gafas y era de complexión musculosa y fuerte.

Me hizo pasar a una habitación y me preguntó que tipo de masaje quería hacerme. Yo le dije sin pensármelo que iría todas las semanas para darme masajes relajantes en todo el cuerpo debido a que sufría de ansiedad. No sé por qué al decirle eso se me quedó mirando fijamente y me dijo:

- Quítese toda la ropa incluso la interior y túmbese boca abajo en la cama que en seguida regreso.

Yo comencé a desnudarme, notando por primera vez en mucho tiempo como sentía cierto nerviosismo por la situación. Me miré en un espejo mi cuerpo desnudo y me di cuenta que no estaba nada mal que todavía conservaba un cierto atractivo. Me tumbé en la camilla completamente desnuda y llegó él.

Cuando entró pude ver como se quedaba observando mis nalgas descubiertas de ropa. Se acercó y me cubrió con una especie de toalla.

Empezó a deslizar sus grandes dedos por mi espalda y por mi cuello produciendo un placer en mí que hacia mucho tiempo que no experimentaba.

- Relájese. Me susurró al oído.

- La notó un poco tensa.

Era cierto, estaba tensa. Estaba nerviosa y excitada por la juventud y el cuerpo de aquel chico que había despertado en mí instintos que estaban dormidos desde hacia mucho tiempo. Siguió masajeándome la espalda, luego pasó a las nalgas, a las piernas, a los pies y después cuando yo ya me encontraba casi en un estado de éxtasis me dijo que si quería podía masajearme los pechos, el estomago y las piernas por la parte delantera.

Yo casi con un gemido le dije que si quería. Y me di la vuelta dejando caer la toalla y enseñando mi pubis y mis pechos bien formados.

Volví a suspirar y él sonrío. Me encantó como me masajeaba el pecho, llegándome a tocar los pezones, algo que me hizo abrir los ojos y suspirar como si acabase de tener un orgasmo.

Poco a poco la hora del masaje fue terminando y el relax llegó a su fin. Él me dijo que me levantase muy despacio para no marearme. Me vestí y salí de la habitación para pagarle. Cuando le di el billete en su mano, le acaricié de una forma instintiva, a lo que él me miró sonriéndome. Cuando ya me iba a ir me preguntó si quería volver la semana siguiente y le dije que sí.

No sabíamos nada el uno del otro, pero yo sentía que cuando nos mirábamos saltaban chispas de pasión y libido.

Así que tras una espera de siete días volví a su casa. Aquella semana había pasado lentamente pero al menos ya no me importaba el desprecio que me hacían mis hijos y mi marido, había algo en mí que había nacido y tan solo estaba deseosa porque sus manos volvieran a tocar con esa sensualidad mi cuerpo.

Volví a su consulta y está vez me recibió con la bata blanca abierta y sin gafas. Ese día estaba realmente sexy. Me desnudé en su presencia y me senté en la camilla. Él se acercó a mi como si le diese vergüenza mirarme y cuando me fue a tapar con la toalla, el agarré la mano y le dije:

- Mejor sin ella, a mi no me importa, y le sonreí pícaramente.

Él no se mostró sorprendido. Empezó a masajearme y yo podía apreciar que hacía con sus dedos ya que se reflejaba en un pequeño espejo que había en la habitación. Al verme desnuda y con sus manos sobre mi empecé a excitarme rindiéndome a los gemidos y suspiros que salían por mi boca. No pude soportar la situación y rápidamente me di la vuelta sentándome en la camilla y acercado su cuerpo contra mi. Él no supo reaccionar con lo que le besé muy rápido mientras le bajaba los pantalones y empezaba a acariciarle su miembro. En seguida noté como se endurecía, algo que me alegró. Yo nunca había actuado de aquella forma pero la situación tan sensual me había llevado a ese punto.

Él se puso sobre mí y comenzamos a hacer el amor en la camilla. Era fuerte y joven y eso se notaba en sus penetraciones vigorosas y con fuerza. Me encantaba como me tocaba, excitándome como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Yo gritaba de placer, algo que a él le aceleraba todavía más. Fue increíble aquella experiencia. Terminamos y sin decirnos nada, yo me vestí y le pague la consulta.

Hoy en día sigo acudiendo a darme masajes con él, le pago porque me folle pero no me importa porque es lo único que anima mi vida. Seguimos sin conocernos, seguimos sin hablarnos pero cada día nuestras relaciones sexuales van subiendo de tono haciéndome experimentar sensaciones que jamás había disfrutado antes y que a punto de cumplir los 50 me están haciendo revivir y sentirme una auténtica mujer.




...por Afrodita


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